Juan Carlos:
Cuando te conocí sentí que el estómago se me alborotaba. Supe que te quería y no me importaba que apenas hubieran transcurrido dos horas desde que nos presentaron. Sabía que tendríamos una historia bonita y la tuvimos. Fue un amor absoluto de esos que dicen los poetas “no se olvidan jamás”.
Pero el amor también tiene vericuetos y yo vivía apurada mientras tú pedías pausa. Yo soñaba con príncipes que rescataban doncellas y tú te aferrabas a estudiar bioanálisis. Yo quería escaparme contigo y tú querías que yo tuviese sosiego. Fue un pleito del amar y querer como lo escribió don Andrés Eloy. Pero te amé. Te amé profundamente. Te amé con la dulzura de quien se sienta a esperar la paz. Porque tú eras paz, pese a tu carácter jodido, me llenabas de paz, de tranquilidad, de sentimientos sublimes.
Aun me duele la manera como se terminó nuestra relación. Me sorprendiste -19 años más tarde- cuando te conté de mi despecho por la ruptura y me escribiste en el correo electrónico: “¡Así que tú también lloraste un río! Entonces esa historia de nosotros dos es como una Mesopotamia; el río mío que se hizo a chorros desde el principio y el tuyo que se formó de golpe al final. Yo pensaba que no te había importado tanto. Quizás un poco de orgullo de mujer y una rabieta de un par de días. Queda además demostrado que las tierras entre ríos son fértiles porque algo sobrevivió entre tanta guerra”.
Yo sé, Juan, que nuestro noviazgo fue apasionado y cruel pero luego de encontrarte y leerte otra vez entendí muchas cosas que no quedaron claras: “Lamento mucho lo que pasaste pero las crisis y el dolor son buenos maestros. Si lo sabré yo que hoy día no puedo estornudar sin sentir dolor. No niego que estuve luego muy bien sin ti. Eso, como tú dices, fue tu culpa. Hasta te me escondí un par de veces. Luego creo que ni siquiera podía hacer un comentario bueno de esos días nuestros. Estuve molesto un largo tiempo. Hasta aguanté burlitas por allí. Aunque te recordaba con cierta nostalgia, puedo asegurarte que por lo menos hasta 1999 yo no hubiese tenido la disposición de responderte, en el supuesto caso de una llamada o correo. Después de tantas palabras me impresiona todo lo que siguió después de esa noche del 87 cuando nos conocimos en el club Ítalo de Puerto Cabello”.
Tantos años, Juan Carlos, tantos años y encontrarte con otra perspectiva de la vida, casado y yo con mi vida más que hecha y una familia a la que amo inmensamente. Me costó mucho entender lo que querías decirme, yo me hacía la tonta para no admitir la valentía que tenías para asumir lo que te estaba pasando.
Creo que fui ingenua cuando me dijiste que estabas enfermo y yo me atrevía citar a Silvio y te dije: “déjame darte un beso y curarte”. Como si eso hubiese sido posible, Juan… tal vez te ayudé a curar un poco la nostalgia y el querer decir perdón de parte y parte porque luego de tantos años lo que recibí de ti no fue más que el recuerdo de nuestra historia bonita, infantil y amantísima.
Creo que fui ingenua cuando me dijiste que estabas enfermo y yo me atrevía citar a Silvio y te dije: “déjame darte un beso y curarte”. Como si eso hubiese sido posible, Juan… tal vez te ayudé a curar un poco la nostalgia y el querer decir perdón de parte y parte porque luego de tantos años lo que recibí de ti no fue más que el recuerdo de nuestra historia bonita, infantil y amantísima.
No te dije cómo me sentí en ese concierto de Hombres G en mi ciudad. Fue inexplicable porque reviví mis años en el puerto, en la Universidad , con tus amigotes y mis inseparables cinco panas, cuando te sentabas en el piano y me tocabas “Temblando” de esta misma agrupación.
Todo encajaba bonito y transparente y tú allí, con tus lentes de cuatro pila; con tus ojitos verdes y tu nariz superlativa. Te veía ahí llevándome a comer helados en Rancho Grande, yéndote conmigo a clases, entrando al único cine, qué sé yo. Entonces lloré: de ese ayer, por nosotros y quería regresar el tiempo para estar en mis 17 años creyendo que mi vida era sólo ese HOY que ahí vivía.
Todo encajaba bonito y transparente y tú allí, con tus lentes de cuatro pila; con tus ojitos verdes y tu nariz superlativa. Te veía ahí llevándome a comer helados en Rancho Grande, yéndote conmigo a clases, entrando al único cine, qué sé yo. Entonces lloré: de ese ayer, por nosotros y quería regresar el tiempo para estar en mis 17 años creyendo que mi vida era sólo ese HOY que ahí vivía.
Hoy te releo la historia de cuando fallecieron mis dos sobrinos y de cómo encaré esas muertes y me dices: Aquí estoy yo con la mía sentada al lado, madrugadora, trabajando con paciencia, feliz porque no es lo mismo comerse un viejito que un muchacho joven y deportista. Debe ser que sabemos mejor y además, se adereza con la fe de los otros. La verdad es que en el fondo me odia, la irrita que ni lloriqueo ni suplico... mas bien la miro a la cara - aunque parece un abismo - y la enfrento una y otra vez hasta que se va. Le molesta que luche, que investigue, que no duela por mi sino por los demás. Le molesta que en lugar de renegar con un ¿por qué a mi? me levante cada día con un "Gracias, Dios mío, por todo ". Condenada parca, ¡si me lleva le moveré la barca hasta hundírsela!
Me faltó decirte muchas cosas, Juan, porque yo me dediqué a recordar tantos episodios dramáticos, graciosos, terribles, mientras que tú me dabas gracias y despedías definitivamente nuestro episodio amoroso con estas palabras: “Has llenado estos días de soledad y me hace feliz hablar contigo. Te lo agradezco tanto. Me alegra que a pesar de todo, estemos de buenas. Gracias por todo dueña de un gran capítulo de mi vida. Llenaste inmensas horas este último mes con tus correos. Y es que no importa que digan que esta trillado… si no han probado sus brazos de sol”. Qué sublime, Juan, hasta me citaste a Filio sabiendo que me encantan sus canciones.
Hoy me quedo con estos correos electrónicos y la sensación que tuve cuando te visité en nuestro Puerto Cabello, pedacito de cielo, y te vi y nos miramos. El tiempo se quedó encapsulado y pasó la brisa marina de la plaza Flores, la playa que nos recibió, el malecón que fue nuestro celestino, los Motivos que Ítalo alguna vez nos cantó, el salitre que royó el metal pero no nuestros corazones. Y no vi más porque tú estabas apenado por tu extrema delgadez y yo sólo quería que sintieras, que pese a los años y a la vida, siempre fuiste el Juan Carlos de mis amores.
Por eso, cuando supe que te habías ido un día antes de tu cumpleaños, comprendí que te regalabas la oportunidad de vivir con tus alas grandes surcando todos los cielos con los que soñaste y que en ese vuelo rasante, tu caricia de pluma de ángel también me tocaría.
Por eso, cuando supe que te habías ido un día antes de tu cumpleaños, comprendí que te regalabas la oportunidad de vivir con tus alas grandes surcando todos los cielos con los que soñaste y que en ese vuelo rasante, tu caricia de pluma de ángel también me tocaría.
Descansa en paz, amor mío, yo me quedo aquí con la vida por delante y tratando de hacer feliz a los que me rodean tal y como alguna vez lo planeamos. Estoy tomando muy en cuenta tus palabras acertadas y nobles, Juan, cuando me dijiste que no tenga miedo de perder a alguien querido no sea que me pase la vida temiendo, es como lamentar que no es primavera y una vez que llega lamentar que se irá…
Lorena
imágenes tomadas de :
http://jjgonzalez87.blogspot.com/
Mi puerto viejo,
puerto azul de leyenda
donde la luna,
es más linda en el mar
Son de acuarelas tus tardes
en la plaza Flores,
donde un domingo paseando
también tuve amores
Cómo olvidarte,
si en tus lindos rincones,
hay un embrujo
que me hace vivir...(Ítalo Pizzolante)imágenes tomadas de :
http://jjgonzalez87.blogspot.com/



¡Carajo, Lorena! ¡Un abrazo inmenso, mujer, me estremeció hasta la última peca!
ResponderEliminarGracias, mi ángel twittera.
ResponderEliminarEscribir cada letra fue una lágrima.
Leerla, millones.
Es la mejor manera de recordar a ese buen muchacho que me quiso y a quien amé tanto...