miércoles, 27 de octubre de 2010

Carta de amor y despedida a Juan Carlos Vargas...

Juan Carlos:

Cuando te conocí sentí que el estómago se me alborotaba. Supe que te quería y no me importaba que apenas hubieran transcurrido dos horas desde que nos presentaron. Sabía que tendríamos una historia bonita y la tuvimos. Fue un amor absoluto de esos que dicen los poetas “no se olvidan jamás”.

Pero el amor también tiene vericuetos y yo vivía apurada mientras tú pedías pausa. Yo soñaba con príncipes que rescataban doncellas y tú te aferrabas a estudiar bioanálisis. Yo quería escaparme contigo y tú querías que yo tuviese sosiego. Fue un pleito del amar y querer como lo escribió don Andrés Eloy. Pero te amé. Te amé profundamente. Te amé con la dulzura de quien se sienta a esperar la paz. Porque tú eras paz, pese a tu carácter jodido, me llenabas de paz, de tranquilidad, de sentimientos sublimes.

Aun me duele la manera como se terminó nuestra relación. Me sorprendiste -19 años más tarde-  cuando te conté de mi  despecho por la ruptura y me escribiste en el correo electrónico: “¡Así que tú también lloraste un río! Entonces esa historia de nosotros dos es como una Mesopotamia; el río mío que se hizo a chorros desde el principio y el tuyo que se formó de golpe al final. Yo pensaba que no te había importado tanto. Quizás un poco de orgullo de mujer y una rabieta de un par de días. Queda además demostrado que las tierras entre ríos son fértiles porque algo sobrevivió entre tanta guerra”.





Yo sé, Juan, que nuestro noviazgo fue apasionado y cruel  pero luego de encontrarte y leerte otra vez entendí muchas cosas que no quedaron claras: “Lamento mucho lo que pasaste pero las crisis y el dolor son buenos maestros. Si lo sabré yo que hoy día no puedo estornudar sin sentir dolor. No niego que estuve luego muy bien sin ti. Eso, como tú dices, fue tu culpa. Hasta te me escondí un par de veces. Luego creo que ni siquiera podía hacer un comentario bueno de esos días nuestros. Estuve molesto un largo tiempo. Hasta aguanté burlitas por allí. Aunque te recordaba con cierta nostalgia, puedo asegurarte que por lo menos hasta 1999 yo no hubiese tenido la disposición de responderte, en el supuesto caso de una llamada o correo. Después de tantas palabras me impresiona todo lo que siguió después de esa noche del 87 cuando nos conocimos en el club Ítalo de Puerto Cabello”.

Tantos años, Juan Carlos, tantos años y encontrarte con otra perspectiva de la vida, casado y yo con mi vida más que hecha y una familia a la que amo inmensamente. Me costó mucho entender lo que querías decirme, yo me hacía la tonta para no admitir la valentía que tenías para asumir lo que te estaba pasando.


Creo que fui ingenua cuando me dijiste que estabas enfermo y yo me atrevía citar a Silvio y te dije: “déjame darte un beso y curarte”. Como si eso hubiese sido posible, Juan… tal vez te ayudé a curar un poco la nostalgia y el querer decir perdón de parte y parte porque luego de tantos años lo que recibí de ti no fue más que el recuerdo de nuestra historia bonita, infantil y amantísima.

No te dije cómo me sentí en ese concierto de Hombres G en mi ciudad. Fue inexplicable porque reviví mis años en el puerto, en la Universidad, con tus amigotes y mis inseparables cinco panas, cuando te sentabas en el piano y me tocabas “Temblando” de esta misma agrupación.  


Todo encajaba bonito y transparente y tú allí, con tus lentes de cuatro pila; con tus ojitos verdes y tu nariz superlativa. Te veía ahí llevándome a comer helados en Rancho Grande, yéndote conmigo a clases, entrando al único cine, qué sé yo. Entonces lloré: de ese ayer, por nosotros y quería regresar el tiempo para estar en mis 17 años creyendo que mi vida era sólo ese HOY que ahí vivía.

Hoy te releo la historia de cuando fallecieron mis dos sobrinos y de cómo encaré esas muertes y me dices: Aquí estoy yo con la mía sentada al lado, madrugadora, trabajando con paciencia, feliz porque no es lo mismo comerse un viejito que un muchacho joven y deportista. Debe ser que sabemos mejor y además, se adereza con la fe de los otros. La verdad es que en el fondo me odia, la irrita que ni lloriqueo ni suplico... mas bien la miro a la cara - aunque parece un abismo - y la enfrento una y otra vez hasta que se va. Le molesta que luche, que investigue, que no duela por mi sino por los demás. Le molesta que en lugar de renegar con un ¿por qué a mi?  me levante cada día con un "Gracias, Dios mío, por todo ". Condenada parca, ¡si me lleva le moveré la barca hasta hundírsela!




Me faltó decirte muchas cosas, Juan, porque yo me dediqué a recordar tantos episodios dramáticos, graciosos, terribles, mientras que tú me dabas gracias y despedías definitivamente nuestro episodio amoroso con estas palabras: “Has llenado estos días de soledad y me hace feliz hablar contigo. Te lo agradezco tanto. Me alegra que a pesar de todo, estemos de buenas.  Gracias por todo dueña de un gran capítulo de mi vida. Llenaste inmensas horas este último mes con tus correos. Y es que no importa que digan que esta trillado… si no han probado sus brazos de sol”. Qué sublime, Juan, hasta me citaste a Filio sabiendo que me encantan sus canciones.





Hoy me quedo con estos correos electrónicos y la sensación que tuve cuando te visité en nuestro Puerto Cabello, pedacito de cielo, y te vi y nos miramos. El tiempo se quedó encapsulado y pasó la brisa marina de la plaza Flores, la playa que nos recibió, el malecón que fue nuestro celestino, los Motivos que Ítalo alguna vez nos cantó, el salitre que royó el metal pero no nuestros corazones. Y no vi más porque tú estabas apenado por tu extrema delgadez y yo sólo quería que sintieras, que pese a los años y a la vida, siempre fuiste el Juan Carlos de mis amores. 


Por eso, cuando supe que te habías ido un día antes de tu cumpleaños, comprendí que te regalabas la oportunidad de vivir con tus alas grandes surcando todos los cielos con los que soñaste y que en ese vuelo rasante, tu caricia de pluma de ángel también me tocaría.

Descansa en paz, amor mío, yo me quedo aquí con la vida por delante y tratando de hacer feliz a los que me rodean tal y como alguna vez lo planeamos. Estoy tomando muy en cuenta tus palabras acertadas y nobles, Juan, cuando me dijiste que no tenga miedo de perder a alguien querido no sea que me pase la vida temiendo, es como lamentar que no es primavera y una vez que llega lamentar que se irá…

Lorena



Mi puerto viejo,
puerto azul de leyenda
donde la luna,
es más linda en el mar

Son de acuarelas tus tardes
en la plaza Flores,
donde un domingo paseando
también tuve amores

Cómo olvidarte,
si en tus lindos rincones,
hay un embrujo
que me hace vivir...
(Ítalo Pizzolante)



imágenes tomadas de :
http://jjgonzalez87.blogspot.com/

Admítolo: nunca jugué fútbol

Querido diario:
Esta es una confesión y muy sincera...

No sé la razón pero siento que debo confesarlo ya que tengo 15 años dedicándome a la comunicación deportiva y tal vez por eso me veo obligada a decir sin tapujos que nunca, en aquel estado delicioso que es la niñez y tampoco en la adolescencia, jugué balompié porque sencillamente ese no era el deporte más popular en la tierra donde nací y me crié.

En Puerto Cabello, estado Carabobo, se respira béisbol y un apasionamiento casi absoluto por los Navegantes del Magallanes. Y cuando el básquet también entra en apogeo, la actuación de Trotamundos de Carabobo ocupaba (y ocupa) la atención de los locales. También gusta mucho por allá  el boxeo, voleibol y el futbolito, pero de fútbol, nada.

Así que en aquellos momentos cuando buscábamos un juego en el parque, salía el bate, el guante  y la pelota y sólo atiné a batear dentro de una caimanera donde siempre teníamos un vecino que no aceptaba perder y que terminaba tirando el guante y abandonado el campo.

También jugué metras y coleccionaba “peponas” que eran peloticas más grandes de lo normal. Claro que no todo fueron estos tipos de juegos, también jugué con las barbies y las rondas con las amiguitas sin que faltaran los supuestos reinados de carnavales, de feria, o de lo que sea, la excusa era divertirse.

Pero ahora veo con nostalgia el haberme perdido esa bonita oportunidad de pegarle a una pelota. Tal vez hubiese jugado bien porque soy zurda pero, pensándolo mejor, no tengo mucha fuerza a  la hora de patear (eso lo compruebo cada vez que voy a la práctica de algún equipo y me encuentro algún balón).



Así que queda descartada una posible situación donde yo pude haber sido delantera para aprovechar esas jugadas de pase gol o, cabecear en el momento preciso (tampoco me hubiese ayudado mucho porque siempre le tuve terror a un pelotazo desde un día que me tiraron una en la cara).

Dudo también que hubiese sido defensa, no me veo en la condición de parar a cuanta persona quiera meterse en mi territorio y mucho menos “echarle un paraito” porque a mi no me gustan las confrontaciones y menos las de ese tipo donde hay que apelar a la patada o al empujoncillo o la hábil maniobra de hacer un dribling para quitar un balón.

De arquera, mucho menos. La miopía que tuve me acompañó hasta la mayoría de edad cuando por fin me la operaron, así que dudo que estos ojos  hayan contribuido a visualizar una pelota que pudiera entrar o intentar parar un balón fuertemente pateado ante un penal porque seguramente yo me hubiese agachado para no recibir el golpe.



De repente, me veo como medio campista, organizando la jugada para el ataque, pasándosela a los delanteros y hasta marcando los tiempos del juego.  No me hallo como una crack, de hecho, creo que hubiese sido pésima futbolista porque soy de las que evaden hacer ejercicios y se ampara en una dieta cuando los kilos amenazan.

Y no jugué fútbol ni nunca intenté hacerlo pero Dios supo en que terreno ubicarme: en la difusión de este maravilloso deporte que me hace decir subjetivamente, que es uno de los más exigentes en comparación con el básquet, béisbol y el ciclismo, por nombrar algunos, pues en estos deportes las personas pueden utilizar manos y pies para actuar y desenvolverse mientras que ese arte de parar una pelota con los pies, el pecho o la cabeza es un delirio propio del fútbol, pero además de un arte es una habilidad y mucha astucia de quien lo hace.



Y esa es la verdad: yo no jugué fútbol y tampoco fui a partidos cuando niña porque en mi ciudad eso era ajeno, extraño y sólo rememoro los juegos del mundial donde todo el mundo iba por Brasil y yo no iba sino por el que jugara “más chévere”.

Sin embargo, defiendo este deporte por que me gusta, porque creo en él y porque sé que con el trabajo y apoyo de todos sacaremos este deporte del letargo, de la desidia y no cabe duda que el triunfo de los jugadores en las ligas competitivas foráneas, la Copa América realizada en nuestro país y las ganas de trascender por parte de los clubes que participan en el torneo local así como las copas internacionales, pueden llevarnos a la  profesionalización absoluta del balompié en el país. Sólo basta que los propietarios y juntas directivas de los equipos se organicen para poayar a las categorías menores y que el nombre de club de fútbol sea como tal y no un adjetivo.



El mundo está cambiando y la globalización del fútbol es un hecho. Y aunque yo  no jugué fútbol y no sufrí por un árbitro que me fastidió una jugada; si tampoco padecí de una lesión que me tuviese fuera de la cancha o tampoco luché a muerte por alcanzar una titular, no es mi culpa, pero asumo que estoy donde debo estar: en la información y difusión de este deporte y acá es donde me quiero quedar. Y nada más.




A manera de agradecimiento por mi graduación, tomé prestado el Credo de Aquiles Nazoa para hacerlo mío…

Querido diario:
Ya estoy en la víspera de mi graduación. Hoy fue la misa y me pareció lindísima y emotiva. Tuve mucha nostalgia porque mi mejor amigo hoy cumpliría años. Sin embargo, conociéndolo como lo conocí, no me perdonaría que estuviese llorando por su ausencia sobre todo porque es un día importante para mí, así que transcribiré el texto de las tarjetas de participación de la graduación...

Creo en Dios todopoderoso creador del mundo, el cielo, el fútbol, el pan andino, el puerto y las estrellas.

Creo en la Virgen María como la santa madre que me bendice a diario en todas las advocaciones a las que cuido con fervor.

Creo en mi mamá, la persona que me enseñó a hacer una lectura del mundo y de la palabra; creo en que es la mejor periodista que he conocido, quien me formó en la radio y el periodismo demostrándome que la ética y respeto son las condiciones imprescindibles en la acción y efecto de comunicar.

Creo en Alfredo Orozco, el amor más bueno que he tenido en mi vida. Creo en su apoyo constante para mis estudios, creo que es mi fortaleza, mi alimento, mi primavera, creo en la paz que siempre me ha dado; creo en la familia que fundamos hace 19 años y creo que todo lo que soy se lo debo a él.

Creo en Lore y Dani, mis azulitas hermosas que me hacen querer ser mejor madre, mejor persona, mejor profesional. Creo en ellas porque es el amor más puro que he sentido en mi vida.

Creo en las Arráiz por ser mi bastión, mi fortaleza y ejemplo. Creo en que son brujas, encantadoras, pitonisas, cuaimas, divertidas y maravillosas. Creo en los recuerdos que tejieron en mi niñez y que siguen siendo importantes en esta etapa de mi vida. Creo en la abuela Celia, la matriarca que nos dejó sembradas cosas importantes. Creo en mis tíos, primos y agregados a este clan porque al querer a un Arráiz, ya nos está queriendo a todos.

Creo en los Orozco, la otra familia que también me brindó un espacio y a la cual me siento muy honrada de pertenecer. Creo en los almuerzos de cada sábado donde nos rencontramos para hacer y fecundar hogar.

Creo en mis hermanos y en el ejemplo que Dherlyn me dio al seguir estudiando para alcanzar las metas; creo, además, en la belleza de sus ojos y la fuerza de su carácter. Creo en los ojos azules de mar y amor de Jorge; creo en los ojos verdes de risa y montaña de Pedro; creo en los ojos color aguamiel de Katty quien siempre ha estado unida a mi vida y creo en Omar, su espíritu, cuidado y en que sé que soy una de sus consentidas J

Creo en mis sobrinos, en los que ahora habitan parajes celestiales y en los que están llenos de vida haciéndome siempre recordar que somos mejores personas cuando somos mejores padres.

Creo en Marianazul y su Karem Fabiola, las dos niñas que también son mías.

Creo en Hender Contreras, Wilmer Ramírez, Alejandro Rodríguez, José Luís Rodríguez y Antonio Calderón (q.e.p.d), creo en la fe que siempre me han profesado; creo en la paciencia que me han tenido, creo en la incondicionalidad de sus afectos y creo que siempre estaremos unidos por un hilo invisible de costuras de amor.

Creo en Mónica Belandria, Zulma López, Claudia García, Marycelli Orozco y Karina de Villalobos por ser mis confidentes, mis amigas, mi refugio; por lidiar con mis asuntos, por soportarme, conocerme y aun sí, seguir queriéndome. Sepan que también son muy importantes en mi vida.

Creo Desirée González, Susana Rodríguez, Kike Rosales, Frank Mota, Maribel y Zayra Orozco, Yolibeth Morales, Genaro Pascale, Paola Camacho, José Calderón y Blanca Álvarez porque han formado parte de mi vida y a cambio he recibido aprecio y mucho cariño.

Creo en Alfonso Sánchez, Omar Pérez Díaz, Luz Marina Maldonado, Leonardo Caraballo, Oscar Blanco, Oscar Guerrero y Lourdes Barilla porque estos profesores han sido mi referencia, apoyo, maestros, amigos, guías y constructores de afecto hacia nuestra querida Universidad de los Andes.

Creo en Benedetti, Silvio, Sabina, el Deportivo Táchira y el Grupo Radial González Lovera porque cada uno me ha hecho exageradamente feliz; porque son mis querencias más genuinas, porque puede que me olviden, pero yo a ellos, nunca.

Creo en Cruz Vargas, la mujer guerrera y emprendedora que ha sido mi compañera de aventuras y tesis, creo en que es una mujer maravillosa, inteligentísima y siempre dispuesta a ayudar a quien lo necesiten. Reconocimiento también a Karelys, Linley, Cesar, Matilde, Yureiba, Miguel y Juan de Dios por los buenos tiempos compartidos en nuestros estudios.

Y creo en todo lo que signifique justicia, aprendizaje, esperanza, comunicación, futuro, radio, televisión, Motivos y Venezuela porque son mi único y mejor patrimonio.

Amén…