Querido diario:
Esta es una confesión y muy sincera...
No sé la razón pero siento que debo confesarlo ya que tengo 15 años dedicándome a la comunicación deportiva y tal vez por eso me veo obligada a decir sin tapujos que nunca, en aquel estado delicioso que es la niñez y tampoco en la adolescencia, jugué balompié porque sencillamente ese no era el deporte más popular en la tierra donde nací y me crié.
En Puerto Cabello, estado Carabobo, se respira béisbol y un apasionamiento casi absoluto por los Navegantes del Magallanes. Y cuando el básquet también entra en apogeo, la actuación de Trotamundos de Carabobo ocupaba (y ocupa) la atención de los locales. También gusta mucho por allá el boxeo, voleibol y el futbolito, pero de fútbol, nada.
Así que en aquellos momentos cuando buscábamos un juego en el parque, salía el bate, el guante y la pelota y sólo atiné a batear dentro de una caimanera donde siempre teníamos un vecino que no aceptaba perder y que terminaba tirando el guante y abandonado el campo.
También jugué metras y coleccionaba “peponas” que eran peloticas más grandes de lo normal. Claro que no todo fueron estos tipos de juegos, también jugué con las barbies y las rondas con las amiguitas sin que faltaran los supuestos reinados de carnavales, de feria, o de lo que sea, la excusa era divertirse.
Pero ahora veo con nostalgia el haberme perdido esa bonita oportunidad de pegarle a una pelota. Tal vez hubiese jugado bien porque soy zurda pero, pensándolo mejor, no tengo mucha fuerza a la hora de patear (eso lo compruebo cada vez que voy a la práctica de algún equipo y me encuentro algún balón).
Así que queda descartada una posible situación donde yo pude haber sido delantera para aprovechar esas jugadas de pase gol o, cabecear en el momento preciso (tampoco me hubiese ayudado mucho porque siempre le tuve terror a un pelotazo desde un día que me tiraron una en la cara).
Dudo también que hubiese sido defensa, no me veo en la condición de parar a cuanta persona quiera meterse en mi territorio y mucho menos “echarle un paraito” porque a mi no me gustan las confrontaciones y menos las de ese tipo donde hay que apelar a la patada o al empujoncillo o la hábil maniobra de hacer un dribling para quitar un balón.
De arquera, mucho menos. La miopía que tuve me acompañó hasta la mayoría de edad cuando por fin me la operaron, así que dudo que estos ojos hayan contribuido a visualizar una pelota que pudiera entrar o intentar parar un balón fuertemente pateado ante un penal porque seguramente yo me hubiese agachado para no recibir el golpe.
De repente, me veo como medio campista, organizando la jugada para el ataque, pasándosela a los delanteros y hasta marcando los tiempos del juego. No me hallo como una crack, de hecho, creo que hubiese sido pésima futbolista porque soy de las que evaden hacer ejercicios y se ampara en una dieta cuando los kilos amenazan.
Y no jugué fútbol ni nunca intenté hacerlo pero Dios supo en que terreno ubicarme: en la difusión de este maravilloso deporte que me hace decir subjetivamente, que es uno de los más exigentes en comparación con el básquet, béisbol y el ciclismo, por nombrar algunos, pues en estos deportes las personas pueden utilizar manos y pies para actuar y desenvolverse mientras que ese arte de parar una pelota con los pies, el pecho o la cabeza es un delirio propio del fútbol, pero además de un arte es una habilidad y mucha astucia de quien lo hace.
Y esa es la verdad: yo no jugué fútbol y tampoco fui a partidos cuando niña porque en mi ciudad eso era ajeno, extraño y sólo rememoro los juegos del mundial donde todo el mundo iba por Brasil y yo no iba sino por el que jugara “más chévere”.
Sin embargo, defiendo este deporte por que me gusta, porque creo en él y porque sé que con el trabajo y apoyo de todos sacaremos este deporte del letargo, de la desidia y no cabe duda que el triunfo de los jugadores en las ligas competitivas foráneas, la Copa América realizada en nuestro país y las ganas de trascender por parte de los clubes que participan en el torneo local así como las copas internacionales, pueden llevarnos a la profesionalización absoluta del balompié en el país. Sólo basta que los propietarios y juntas directivas de los equipos se organicen para poayar a las categorías menores y que el nombre de club de fútbol sea como tal y no un adjetivo.
El mundo está cambiando y la globalización del fútbol es un hecho. Y aunque yo no jugué fútbol y no sufrí por un árbitro que me fastidió una jugada; si tampoco padecí de una lesión que me tuviese fuera de la cancha o tampoco luché a muerte por alcanzar una titular, no es mi culpa, pero asumo que estoy donde debo estar: en la información y difusión de este deporte y acá es donde me quiero quedar. Y nada más.





No hay comentarios:
Publicar un comentario