A Lorena Bornacelly Arráiz
por su nobleza, por su alma pura
y por tener un corazón que no alberga obscuros...
Nos avisaron que ella estaba en el hospital central de San Cristóbal y sabíamos que su hijo no estaba en el país. Salvo mi hija, una nieta con la que muy poco convivió y compartió con la abuela, era el único hilo de sangre que tenía la señora en esta ciudad.
Fuimos al hospital, sala de observación, camilla 7. Allí estaba una cobija cubriéndole la humanidad. No tenía ropa y no tenía conocimiento. Al no presentar un documento de identidad, la paciente anónima, para ese entonces, sólo había recibido un tratamiento simple: oxígeno y esas cosas que con mangueritas y agujas ingresan al cuerpo para actuar como medicamento.
“Ella está mal, tiene un coma diabético; hay que hacerle una tomografía y comprarle medicinas”-fueron las palabras de un residente quien nos explicaba el caso.
Ingresar al hospital es lo más parecido a una batalla pero sin armas. El portero, uno de esos quien nunca ha tenido poder en su vida, siente que esa puerta es su trono absoluto. Grita, empuja y dice que no. Hay que lidiar, a veces adular y otras, entromparse. Una “chapeada” y conseguimos los permisos correspondientes para no tener que pasar por ningunas de las opciones antes citadas pero esto es apenas, lo más simple que tiene el hospital.
Le hicieron tomografía, saltamos a la clínica a que hicieran exámenes de sangre y se compraron medicamentos. Ella estaba allí: blanca, pálida, esperando el consuelo y con una respiración tan fuerte que me hacía creer que ella aguantaría un poco más.
Había gente en camillas con sus nombres escritos en unos papeles que asimismo estaban pegados con tirro. En el estar de las enfermeras alguien dijo: no hay adhesivo. Antes un enfermero me preguntó “¿tiene aguja para sacarle la sangre a la abuelita?”.
Esto faltaba el 2 de nov de 2010 en sala de observación de mujeres
Entendí que ya no estaba en mi cápsula. Como periodista atiendes y entrevista y la gente cuenta. Vas al lugar pero la realidad está en tercera persona “ella necesita una medicina”. También la circunstancia de tener un esposo médico y una clínica privada a disposición me hicieron olvidar que el hospital es otro mundo donde nadie tiene nada pero todos están muy enfermos y sus condiciones –para ser medicados- son precarias.
Lloré. Ocultaba el llanto para que mi hija no se afectara aun más. Ella decidió quedarse y yo tuve pánico. Buscamos un banquito, un abrigo, agua, cargador de celular y algunos dulces para que ella pasara la noche allí.
Al día siguiente me contó que en la sala de observación, pero de hombres, alguien había robado a un paciente. Me dijo además que muy temprano le dijeron ¿tienes agua para lavarle la boca a la paciente?
Llevamos más cosas: artículos de higiene, sábanas, almohadas, toallas, medicinas pero de ella no teníamos nada: no reaccionaba producto del coma diabético que, según creo, generó un ACV isquémico o como se escriba.
La llevaron a piso 3. Escuchaba a un doctor gritar “quién autorizó a que la señora subiese si apenas hay tres flujómetros y están ocupados”. Un enfermero dijo “este medio sirve”. Entonces nos advirtieron que como ese medio servía debíamos estar pendientes de si el oxígeno se fugaba y que podía afectar a la señora Marina.
Pasamos todo el tiempo posible, esa noche ninguna de las dos podía quedarse porque al día siguiente había trabajo y universidad. Mi hija estaba desmoralizada pero sabía que debía descansar para regresar al día siguiente.
Panorámica del piso 3. "Pacientes" del HC
La paciente de la cama de al lado me contó que diariamente le aplicaban un medicamento que costaba 140 bsf. Que muchas veces, al no tener el dinero, suspendía el tratamiento. Tenía un problema hepático.
Una enfermera me gritó cuando le pedí ayudara cambiar la sábana que estaba sucia porque otra enfermera le dijo a mi hija que debía alimentar a la señora Marina ella misma a través de una “sonda gaso-nástrica”. Mi hija, entre su inexperiencia y terror, botó un poco de ese caldo sin madre que debía darle a Marina y su colcha estaba mojada.
Esa noche recé. El médico nos había dicho que su condición no era buena. Que podía pasar lo peor y, de sobrevivir, ella quedaría sin poder comer o evacuar por su cuenta; que estaría postrada en una cama porque sus condiciones neurológicas estaban deterioradas.
Al día siguiente me fui a dar clases y mi celular no dejaba de vibrar. Tenía muchas llamadas de mi hija. Supuse lo inevitable.
Fuimos a la morgue y entregamos su cédula. Estaba aturdida, no sabía qué hacer porque su único hijo estaba en Ecuador. Mientras alguien me decía que debía hacer cosas legales, alguien hablaba de funeraria y el médico, ah, el médico me dijo, al chasquido de sus dedos: “y apúrese porque falta un cuarto para las doce y voy a almorzar". No entendía ¿apurarme con qué? Me respondió “muévalo para que le firme los papeles porque me voy a almorzar”. Su tono era alzado y desgraciado. Supe entonces que ese doctor llamado Víctor Hugo tenía el corazón igual que a cada persona fallecida que debía atender en su deber como patólogo. Me volteé y le dije “buen apetito, doctor”. Fue la más decente aproximación a “váyase para el carajo”.
Debo reconocer los buenos oficios y la atención del Dr. Justo Vega, Edwin Omaña y el residente de (creo) neurocirugía, el Dr. Wilson, quien es de Colombia.
Entonces hicimos las gestiones para cremación por orden del hijo que aun no pisaba tierra venezolana. En esos asuntos siempre hay gestores, personas que se encargan de hacer el papeleo horrible en un momento tan abrumador. Se llamaba Jhon y fue quien hizo todo el trabajo. La gente del crematorio de Santa Ana nos atendió con el respeto y la dignidad que debía dársele a esa mujer que esperaba por el resto de su familia para su despedida.
La ropa, los zapatos y la cruz. Los abrazos de consuelo y el conocer gente que no sabía que existía. La muerte de “mamá Marina” como muchas veces escuché nombrarla a su hijo, trajo a dos hombrecitos a la vida de mi hija, sus hermanos con los que compartió, de niña, apenas brevemente un espacio de su vida puesto que ellos viven en Colombia.
Luís Alfredo, Lore y Jimmy Fernando
Pese a la pena fue bonito verlos re-conocerse, observar como interactuaban y descubrir que los tres tienen los mismos ojos y la misma sonrisa.
La señora Marina entró al lugar donde dejaría de ser cuerpo para convertirse en cenizas.
Recordé que la noche anterior le tomé de la mano y le dije a su oído: “nada te detiene, nada te amarra; tu hijo ya viene pero debes irte a descansar; te doy las gracias y te bendigo porque gracias a ti, yo tengo una hija maravillosa; es el momento de irte a los brazos de Dios para que te reconforte”. Recordé aquellas palabras de Silvio que tanto me llenan y se las cité “anda donde debas ir, anda que te espera el porvenir…”
Y que brille para ti la luz perpetua...
Lorena



Que tristeza y q dolor embarga mi alma, esa es nuestra realidad actual, el sitema de salud en nuestras salas de emergencia cada vez va de mal en peor y nosotros los medicos que una vez hisimos el juramento hipocratico, hemos olvidado por completo lo q una vez nos motivo a estudiar esta carrera, de vocación ejercer nuestra profesión, aunque es cierto q como seres humanos merecemos un pago justo y digno para mantener nuestras familias, el paciente paga las consecuencias de una mala administración pública y corrupción de políticos q solo ven por sus intereses y no se ponen la mano en el corazón y se ponen a pensar por un momento que algun dia pudiera pasarle a un familiar suyo......
ResponderEliminarGracias por compartir esa experiencia dolorosa pero esclarecedora.=
ResponderEliminarNo habia estado enterada del fallecimiento de la abuelita de Lorenita..hasta el dia ese q te escribi por el BB... Ni habia visto este blog con ese escrito tuyo tan cruel, tan realista.. que duro pensar quee esto se vive dia a dia, y que hasta q no le toca a uno.. no lo crees REAL... Te admiro Prima, por fomentar valores tan hermosos en tus hijas... gran parte de esas obras (por no decir la mayoria son tuyas).. Y hoy publicamente quiero manifestarles mi Admiración por la humildad, la sensibilidad, tan bella que tienen... Eso es ser Grande..tener Grandeza!! las Quieroooooooo!!
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